jueves, 15 de julio de 2010

Bienvenidos, República Independiente

Queridos señores de Ikea,

Les escribo para expresarles mi más sincero cariño, así como transmitirles la gran expectación que me produce la apertura de su nueva tienda en mi ciudad.

Llevo meses soportando sin quejas los atascos que provocan las obras que tienen como objetivo facilitar los accesos a su tienda.

El lunes, todo el territorio estatal amaneció lleno de banderas, pero yo solo podía fijarme en los cartelitos que ustedes habían repartido por la ciudad.

Hoy, viniendo al trabajo, he visto que la chica que montaba la moto delante de mi coche llevaba los pantalones del uniforme de su personal, y he estado a punto de tocar el alirón con el claxon.

Tal vez les abrumo con mi pasión, pero es que desde hace un año consulto su catálogo de forma compulsiva; diseño una y otra vez mi cocina y mis armarios roperos; preparo y reviso listas de productos para dar con la combinación perfecta.

A este respecto, y como informática que soy (para mi vergüenza, a veces), tengo que decirles que sus programas de diseño no son tan prácticos, funcionales y manejables como sus productos. Por el contrario, resultan a veces farragosos y complicados, por no mencionar que no están libres de errores.

El martes 20 de Julio se abre la nueva tienda de Ikea en Coruña. El miércoles 21 una servidora se ha pedido un día de vacaciones. Hasta la semana que viene.

Su más ferviente admiradora.

viernes, 9 de julio de 2010

Corta y Pega

Hace unos meses me dejaron un libro del que no recuerdo mucho, excepto la fuerte impresión que me causó el resumen de la contraportada. Tanto que tomé notas antes de devolverlo. El libro es de Paul Benjamin (Paul Auster), se titula Jugada de presión, y la editorial era Compactos Anagrama.

La parte en azul es el resumen de la contraportada. Está copiado palabra por palabra.
La parte en verde está sacada de las cuatro primeras páginas del libro.

Max Klein es detective privado.

Acababa de pasar tres aburridas semanas buscando a una chica de diecisiete años, hija de una acomodada familia de las afueras, y en aquel momento lo último que deseaba era otro cliente. Tras seguir una docena de pistas falsas, acabé encontrando a la chica en Boston, donde hacía la calle en la Combat Zone. Lo único que me dijo fue: "Vete a la mierda, madero. Yo no tengo ni mamá ni papá, ¿te enteras? Nací la semana pasada, cuando diste por culo a un perro".
Estaba cansado y necesitaba unas vacaciones. Los padres me habían dado una gratificación cuando se enteraron de que su hija seguía con vida, y pensaba fundirme el dinero en un viaje a París. Pero cuando llamó Chapman, decidí esperar.

Su último trabajo ha sido buscar a una jovencita de diecinueve años que estaba trabajando alegremente de puta en la célebre Combat Zone de Boston, y no quería ser hallada. La familia, de todas formas, ha pagado muy bien por saber que sigue viva. Y Max está pensando en tomarse un descanso cuando George Chapman lo llama para solicitar sus servicios.

Chapman estaba en un lío y yo quería saber de qué se trataba.

Y si Chapman está en dificultades, Max quiere saber cuáles son.

Cinco años antes, George Chapman había hecho todo lo que un jugador de béisbol puede lograr en una temporada[...] Y al final, Chapman fue nombrado mejor jugador de la liga. Chapman era un ídolo casi demasiado perfecto. Alto y bien parecido, siempre hablaba abiertamente con la prensa, nunca negaba autógrafos a los niños. Además, había estudiado historia en Dartmouth, tenía una mujer bella y refinada y hacía otras cosas aparte de jugar al béisbol.

Porque su futuro cliente era hace cinco años el mejor jugador de baloncesto de la temporada, el héroe de los medios de comunicación. Un héroe quizá demasiado perfecto: guapo, culto y con una mujer hermosa y sofisticada.

Yo recordaba perfectamente la temporada de Chapman. Había sido un mal año para mí. Mi matrimonio se hacía pedazos, el trabajo en la oficina del fiscal del distrito era una completa decepción y estaba endeudado hasta las cejas[...]
Siguiendo a Chapman en su gran temporada, llegué a pensar en él como en un álter ego, una parte imaginaria de mí mismo que había sido inoculada contra el fracaso. Teníamos la misma edad, la misma talla y habíamos ido a dos de las universidades más prestigiosas del país.

Pero Chapman era también el espejo terrible en el que se miraba Max; tenía su misma edad, había estudiado en las mismas universidades, el también había jugado al baloncesto, y ahora sentía que estaba en un callejón sin salida. Su matrimonio se derrumbaba, estaba endeudado hasta las cejas, y harto de su trabajo en la oficina del fiscal del distrito.

Resultó que aquélla fue la última temporada de Chapman en las ligas profesionales[...] Al volver a la ciudad en su Porsche después de un banquete con gente del béisbol al norte del estado, Chapman se estrelló frontalmente contra un camión. Al principio pensaron que no saldría de aquélla. Luego sobrevivió, pero salió sin la pierna izquierda.

Pero aquélla resultó ser la última temporada de gloria de George Chapman, porque un accidente de coche acabó con su carrera deportiva.

Pero desde el momento de su reaparición, no dejó de estar en el primer plano de la actualidad. Se convirtió en uno de los más señalados defensores de los derechos de los minusválidos, patrocinando los Juegos Paralímpicos, interviniendo en sesiones del Congreso y apareciendo en programas especiales de televisión. Ahora que había un escaño vacante de senador por el estado de Nueva York, algunos demócratas influyentes animaban a Chapman a que se presentara candidato. Corría el rumor de que anunciaría su decisión antes de finales de mes.

Ahora vuelve, resurgido de sus cenizas, con un perfil intachable de defensor de débiles y minusválidos y candidato a senador.

Pero, ¿por qué un buen y honrado héroe americano necesita un detective privado? Max Klein deberá encontrar respuesta a ésta y a otras preguntas. Aunque las respuestas sean de pesadilla.

miércoles, 7 de julio de 2010

Depresión posvacacional

He estado de vacaciones en mi tierra. El 1 de julio se celebra la fiesta de la Virgen de la Guía, que es, sin duda alguna, la mejor fiesta del mundo mundial. Nunca la había visto desde la barrera. Esto es lo que se ve desde la zona en la que nos situamos los que tenemos niños pequeños que proteger de las hordas:

Desde la barrera, sigue siendo la mejor fiesta del mundo mundial.

Harry ya está trabajando, pero no sabe si ha elegido la oferta mala o la peor.

Durante todos estos días no he conseguido escribir nada que no tuviese un tono lastimoso y totalmente autocompasivo. Pero voy a ponerme las pilas ya mismo.

viernes, 25 de junio de 2010

Mendigando

A Harry le han hecho un par de ofertas de trabajo:

Oferta #1: de 7 de la mañana a 20:30 de la noche, con hora y media para comer (osea, 12 horas de trabajo diarias) más dos sábados al mes, a 10 horas por sábado. Como le pilla cerca de casa, le dan solo media dieta, unos 12 euros al día. Le pagan las horas extras a 7 euros (brutos). Pero sólo cuentan como extras las horas que pasan de 50 semanales.

Oferta #2: de 8 a 19:30 (10 horas de trabajo) y sólo en casos excepcionales algún sábado. Como le pilla lejos, le dejan vivir en un piso con otros compañeros (no sabemos si tendría habitación individual o servicio de limpieza) y le pagan la comida del mediodía, más 50 euros para viajes. Se supone que pasaría toda la semana fuera. Le pagan más o menos lo mismo por las 50 horas semanales que consideran el horario habitual.

Hoy he entrado a por mi café para llevar y la dependienta me ha contado que el mendigo que suele estar acampado delante, cambia todos los días (de lunes a sábados) unos 60 ó 70 euros en monedas y los domingos unos 50. Yo llego a las 9 y todavía no está, pero me han dicho que viene en moto. Digo yo que impuestos no pagará, ¿no?

Haz cuentas.

jueves, 24 de junio de 2010

Tortilla de saltamontes

A raíz de este post me he acordado de una anécdota de mi niñez. Últimamente me parezco a mi abuela materna, que ya sólo se acuerda de cuando era joven.

El caso es que cuando éramos pequeños, en verano, íbamos a pasar el día fuera si hacía bueno. Que no era ni el 20% de los días, por cierto. Cosas del norte. Que el verde no es gratis y tal, que si no lloviese tanto no habría paisajes tan chulos... Todo eso no consuela una mierda cuando tienes 10 años y quieres ir a la playa.

Se daba, además, la circunstancia de que en un barrio en el que la mayoría de la población era emigrante (no de otros países, pero sí de otras comunidades autónomas) mi familia era autóctona. ¿Que qué tiene que ver eso? Pues que cuando llegaba el verano todos mis compañeros de clase se iban "al pueblo" pero ¡yo no tenía pueblo al que irme! Todos volvían contando historias en las que iban al río en bici, se quedaban en las fiestas hasta la madrugada, hacían hogueras y qué sé yo qué más. Yo me quedaba en el barrio y me levantaba todos los días mirando al cielo, pidiendo un rayito de sol que animase a mis padres a pasar el día fuera.

Si era entre semana, nos montábamos en el coche (un Seat 1430 blanco) y nos íbamos a alguna playa de Cantabria (que entonces llamábamos Santander). Nos comíamos unos kilómetros interminables de carretera general detrás de un camión y llegábamos a la playa mareados y aburridos de cantar.

Si era en fin de semana, mi padre se negaba a llevarnos a la playa, por el tráfico. Y nos íbamos al monte. Es lo que tiene Bizkaia, que todo está cerca.

Cuando íbamos al monte no íbamos solos. En mi familia eso no sucedía a menudo. Porque en el mismo barrio que nosotros vivía la hermana de mi madre con sus hijos y dos hermanos de mi padre con sus hijos. Así que si íbamos al monte nos juntábamos tres coches llenos de primos y tíos. Los primos, además, éramos todos más o menos de la misma edad. No necesitábamos tener muchos amigos fuera de la familia, porque solo con los primos ya teníamos para hacer un equipo de futbito.

Como éramos muchos (aunque casi siempre bien avenidos), nuestros padres intentaban que no diésemos mucha guerra. Al fin y al cabo, también era fin de semana para ellos. Esto que acabo de escribir (y que me ha quedado tan comprensivo) es una reflexión actual sobre el asunto. En aquellos tiempos yo no veía a mis padres como personas humanas que necesitasen descansar de nosotros. Ahora que nos pensamos tanto lo de tener el segundo hijo, me pregunto cómo se las apañaban ellos con tres.

El caso es que se inventaban cosas para que estuviésemos entretenidos. Una de las que más recuerdo es la tortilla de saltamontes de mi tío Julen. Nos decía que teníamos que cazar saltamontes porque quería hacerse una tortilla para merendar. Nos pasábamos el día buscando saltamontes y metiéndolos en frascos de cristal. Hacíamos incluso un agujero en la tapa para que respirasen. Cuando llegaba la hora de la merienda, mi tío recibía todos los frascos y empezaba la criba:
- Este está muy verde, amarga
- Este está muy amarillo, está muy seco
- Este es muy pequeño, hay que soltarlo para que crezca y ya lo cazaremos cuando sea grande

Al final, como sólo le quedaban unos cuatro saltamontes comestibles, nos decía que no eran suficientes para hacer una tortilla y se merendaba un bocadillo de chorizo.

Es curioso porque siempre sospeché que lo de los Reyes Magos era una patraña, pero lo de la tortilla de saltamontes de mi tío me lo creía.

martes, 22 de junio de 2010

Casio

Cuando tenía unos 12 años, pedí un despertador para mi cumpleaños. No me gustaba que me despertase mi madre. De hecho, sigo sin gustarme que me despierte una persona humana.
El Peque ha dicho que le da igual, que lo de tener hijos no era obligatorio, que lo cogí como optativa y que ahora tengo que fastidiarme. Haber elegido muerte.

Aquel primer despertador era analógico, una cosa rara porque se plegaba sobre sí mismo y cuando estaba cerrado parecía una cajita de joyería, de esas que existían
antiguamente antes, que no eran de plástico chungo. Se suponía que era un despertador de viaje.
Es alucinante, metes despertador de viaje en google imágenes y te salen cientos parecidos al mío. Os pego aquí una foto para los que no pudieron votar en los noventa.

Pero yo siempre he tenido el sueño ligero y el tic-tac de las agujas me molestaba. Así que pedí que, para la próxima, fuese un despertador digital.
El Peque dice que eso del sueño ligero es mentira, que a veces le cuesta varios minutos despertarme con sus berridos.

Me regalaron un Casio. Parecido a este (de hecho, creo que mi padre aún tiene uno como el de la foto):


Un puntazo para la época. Tenía una cosa que se llamaba SNZ que hacía que el bicho sonase cada 5 minutos, como cuando te despierta tu madre pero sin ir subiendo el volumen.

Como compartía cuarto con mi hermana, procuraba no abusar de esta nueva y pintoresca funcionalidad. Apenas lo dejaba sonar 4 veces como mucho. Mi hermana no tenía el sueño tan ligero como el mío y apenas se quejaba (3 veces como mucho).
Ya sé que se llama snoozer y que ahora lo tienen todos, y que incluso puedes decirle si tiene que sonar cada 5 ó cada 15, pero es que hablo de la prehistoria tecnológica, queridos lectores.

Este despertador estuvo conmigo durante el BUP, el COU y la universidad. Me acompañó también en todos mis viajes. Vino al viaje de estudios del instituto y a los primeros viajes que hice con las amigas.
No salía de casa sin él. ¿Cómo si no iba a despertarme a tiempo de coger el autobús de vuelta, si salía a la intempestiva hora de las cuatro de la tarde?

Me despertó mi primer día de trabajo. Me acompañó a Alemania cuando emigré. Tiene marcas de dientes de mi perro porque en aquel piso no tenía mesilla y tenía que ponerlo en el suelo.

Volvimos otra vez a casa de mis padres, a torturar a mi hermana. Cuando me mudé a mi propio piso vino conmigo y siguió siendo mi fiel despertador.

Cuando decidí emigrar de nuevo, esta vez hacia el sol poniente, me acompañó. Qué remedio le quedaba, claro.

Ahora que el Peque ha empezado a caminar, una de sus primeras víctimas ha sido mi Casio. Lo tiró al suelo con tan mala suerte que en la pantallita digital apareció una mancha negra. La mancha se ha ido extendiendo como en una película de terror. Ahora ya no se ven las letritas SNZ. Sigue funcionando, pero me temo que no va a vivir mucho más.
No debería dejar en la mesilla ningún objeto que aprecie, eso lo saben todas las (buenas) madres. Si no aprendí el día que tiró el frasco de aceite, no es culpa suya.

En todo este tiempo (unos 25 años) creo que le habré cambiado de pilas unas cinco veces, como mucho. No cuento con que llegue a cambiarlas otra vez. Pero sé (porque lo he intentado) que no volveré a encontrar un despertador igual, con el nivel justo de volumen para despertarme sin sacar al monstruo que hay en mí.

Se acercan tiempos difíciles para los que me ven por las mañanas.

lunes, 21 de junio de 2010

Vaya semanita

Calamidades que han sucedido esta última semana:

- He cumplido años.

- Cuando estaba tomando café con los compañeros de trabajo, todos ellos, me consta, al menos diez años menores que yo, conté una anécdota de mi niñez. Uno de ellos dijo "claro, es que hace 40 años las cosas eran distintas".

- Tiré parte de mi café de medio litro en mi mesa de trabajo. Al teclado apenas le cayeron unas gotas.

- Tiré el vaso de refresco de un compañero. Pero no era el mismo compañero que me recordó lo vieja que soy.

- Un niño con cara de bruto que había en el parque quiso quitarle al Peque su juguete (que era, concretamente, la funda de mis gafas de sol, bastante maltrecha ya). Como la abuela no se lo permitió, le dio un guantazo al Peque que le dejó poniendo pucheros.

- Harry se dejó (otra vez) las llaves puestas en la cerradura, por dentro. Tuvimos que desmontar (otra vez) el marco de la puerta para poder entrar.

- Hemos descubierto que los huecos donde iban a poner algunas de las ventanas de la casa no son rectangulares. Todavía no estamos seguros, pero parece que se debe a que el tejado está torcido.

- Tenía cita en el ginecólogo para que revisase una ecografía de mama que me mandó hacer. Pero me he dejado la eco en casa, así que he tenido que cambiar la cita.

- La explanada donde aparco siempre el coche cuando vengo a la oficina estaba cerrada porque estaban organizando algún estúpido acto para el fin de semana. He tenido que aparcar en el culo del mundo.

- Han despedido a Harry.

Empieza una nueva semana. Qué miedo.